La Musa: Delia Del Carril

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Un arado entre dos espigas de oro con la leyenda perfilada en letras de Plata: “SURCO DE MI ARADO, ORO COSECHADO”, lleva el antiguo Escudo de Armas de la familia Del Carril. Oriunda de la romántica Galicia, se radica en San Juan, Argentina, a mediados del siglo XVIII. El V señor, don Víctor del Carril Domínquez, abogado, Diputado Nacional y Vicegobernador de la Provincia de Buenos Aires, casa con doña Julia lrraeta lturriaga. Llegan 14 hijos. María Delia, quinta en este número, nace en Saladillo el 27 de septiembre de 1885. (Carlos Calvo: Nobiliario del Antiguo Virreinato del Río de la Plata. Buenos Aires. Librería y Ed. La Facultad, 1941). En la “Hacienda Polvaredas” transcurre la infancia de esta niña que tenía la facultad de abrir los ojos verdemente a las enormes praderas desgranadas de caballos, imagen que fija para siempre. lnstitutrices extranjeras de grandes sombreros, profesores, choferes, cocineros franceses, viajes en barco con vaca a bordo para la leche fresca de los niños; veraneos en Biarritz o San Sebastián, ocupando todo un piso del hotel, y una mansión en Buenos Aires, Santa Fe Nº 3137, son el transcurrir de los Del Carril.                    

Libros, teatro, cultura musical, importantes amistades, belleza, cabalgatas por Palermo y una aguda sensibilidad configuran una joven mujer capaz de distinguir el otro mundo paralelo que subyace en la carencia y por el que siempre luchará. En los recuerdos de su juventud están su hermana Adelina, su cuñado Ricardo Güiraldes, Victoria Ocampo – “nos elegimos mutuamente en la época que el joie de vivre nos atoraba”-. Se enamora y Alaska es el escenario de su luna de miel con el argentino Adam Diëhl Algelt, intelectual y hotelero para unos; sádico, banquero, playboy, dicen otros. O tal vez todo revuelto. Lo cierto es que viven en París. Estudia pintura con Andre Lhote y Fernand Leger. Conoce a Picasso, a Luis Aragón; se desenvuelve en veladas artístico-intelectuales. Nueve años dura casada. Regresa a Argentina, incursiona en el canto, fracasa. Pasa el tiempo sin recuerdos, vuelta a París y de allí a España.

La esposa

Y se la ve a su lado en la lucha por llevar a Chile a los refugiados españoles, recorriendo América, corrigiendo las pruebas donde el poeta narra la historia de América; conquistando y conquistada en Chile. En las tertulias de la casa ‘Michoacán’ de la avenida Lynch, con su siempre abierta puerta. En la historia de Isla Negra: “Fue una cosa fantástica. -Vaya a ver y pregunte- me dijo Pablo. Era un español que había venido en barco de comisario. Y bajó con su guitarra en un puerto chileno. Nos vendió el lugar”, también abierto a todos por Delia. Se la ve con él en los duros días de la persecución por González Videla; en el exilio; preparando la llegada del poeta en Chile, mientras el marino es atraído por el canto de la Medusa desde un peñón de Capri. Los Versos del Capitán, la Medusa, la Chascona, Matilde lo arrebatan de su vida para siempre. Tiene 70 años.


La artista

Del dolor se refugia en el Taller 99 de Nemesio Antúnez. Crea enormes caballos que no caben en sus telas. Los dobla, los anuda, los presiona dentro del lino. Los pinta por dentro y por fuera con huesos y articulaciones, con piel. Con los ojos bien abiertos, cálidos y fuertes, dúctiles, amorosos. Llega a convertirse en la mejor caballista sudamericana. Tiene 104 años.

Una madrugada del mes de julio, dentro de la tela se movió un caballo, se desencogió, rompió el marco, sacó las patas y las derramó por el suelo; estiró el cuello y relinchó. Cabalgó transparentemente hacia Michoacán, llegó a la habitación desde donde Delia guardaba y celaba la casa. Sin que Rosita Callejas escuchara, acercó el hocico a su ama, enrolló su cuello al otro albo y le dijo en idioma de caballo algo que sólo una hormiga entiende. Delia sonrió, abrió los ojos verdes, enormes, entró por ellos el caballo, todo el mundo y ella misma…

En el Cementerio General dicen que la cremaron por seguirle la corriente a esas cosas legales. Hubo discursos, se dijeron cosas muy bellas. Pero todos sabían que estaban cremando un marco roto y una tela vacía. Porque todos sabían que la han visto cabalgando por Palermo, por Argüelles, por la casa Michoacán, por lo de Inés Valenzuela, por la Isla Negra, por el taller de Antúnez y el de Carreño. Y todos nos pueden mentir.

Fuente: Fundación Pablo Neruda

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