Julia Navarro

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La Julia Navarro es una de mis escritoras favoritas. Española, periodista e historiadora, me conquistó con su libro “Dime quien Soy”, una novela que recorre el siglo XX completo con ojos de mujer. Se la recomiendo a todos quienes gusten de la historia bien contada.Navegando por ahí, encontré estas columnas en www.mujerhoy.com, escritas por ella. Les dejo  “Malos Modales”

No es que me esté volviendo cascarrabias, pero cada día hay más gente que hace gala de los peores modales. Pruebe usted a subir en un ascensor. Diga: “Buenos días”. Lo normal es que nadie le responda. O fíjese en lo que sucede si, en un autobús, una persona mayor se agarra a donde puede para no caerse, sin que los que están sentados se den por aludidos mientras miran al infinito, absortos, para no tener que levantarse. No hace mucho, asistí a una escena así. Yo estaba de pie y no podía hacer nada, pero ninguno de los que iban sentados se dio por aludido… hasta que, desde el fondo, una señora con acento sudamericano invitó a la anciana a ocupar su asiento. Quiero creer que, de vez en cuando, esto pasa.


La cortesía está en desuso y hay quienes la confunden con machismo. Un día, mi marido cedió el paso a un grupo de treintañeras al salir de unos grandes almacenes. 
Una, sonriendo, le murmuró a otra: “Qué antiguo”. No es la primera vez que observo que algunas mujeres se sorprenden ante un gesto así. Son, sobre todo, chicas jóvenes, que parecen sentirse incómodas ante estos gestos fruto de la buena educación. Porque ser cortes es eso, ser educado.

Pero el colmo de estas situaciones tuvo lugar en mi propia casa. Llegué a media tarde y oí voces y risas en el cuarto de mi hijo. Llamé a la puerta y entré. Me lo encontré con cinco amigos, a dos de los cuales no conocía. Cuatro me saludaron. El quinto siguió sentado, dándole al mando de la PlayStation. Ni siquiera me miró. Y, claro, me dio un ataque de mal genio. Me planté ante él: “¿Y cómo dices qué te llamas?”, pregunté. Mi hijo me miró, preocupado. Sabía que yo estaba a punto de estallar. “Es Pablo, un amigo de la Universidad”. “Ya. Y dime, Pablo, ¿qué te parecería encontrarme inesperadamente en el salón de tu casa, viendo la televisión, y que yo no te dirigiera la palabra?”. El chico se encogió de hombros. “A mí me da igual”, contestó. Pasé al ataque: “Pues a mí no, de manera que ahora mismo te levantas y me saludas. Y, cuando yo salga de este cuarto, sigues jugando”. Lo hizo, claro. Pero mi hijo, cuando sus amigos se marcharon, me recriminó mi actitud: “Cómo te has puesto con él, es que es un chico muy tímido”, me dijo. Como comprenderán, no “compré” la explicación.

Y hay más. Un día, paseando a mi perro Argos, vi a una mamá, con dos niños, sentados en un banco. Los peques desenvolvieron sendos bocadillos y tiraron al suelo los papeles. La mamá ni se inmutó. Luego hicieron lo mismo con unas chocolatinas y unas chuches. No me pude morder la lengua y dije: “No se tiran los papeles al suelo”. Ella, airada, me replicó que quién era yo para decir nada a sus niños. “A sus niños no, se lo he dicho a usted”, contesté. Les ahorraré todo lo que salió por la boca de la dulce mamá. A mí me parece que mostrarnos educados hace la vida más fácil, que un gesto cortés nunca está de más, que respetar el espacio público pasa por no echar un papel al suelo , y que hay que explicar a los más jóvenes que saludar a los mayores es un signo de civilización. La buena educación no está reñida ni con la libertad ni con que la sociedad sea menos hipócrita y más abierta. Palabrita del niño Jesús.

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