Ni una menos

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A propósito de Florencia, que con solo 9 años, le arrancaron de cuajo la inocencia y la vida con solo unos minutos de diferencia; a propósito de Lucía, al otro lado de la cordillera, que al no poder creer que había muerto empalada, tuve que googlear su significado para confirmarlo.A propósito de María José y  Marina, que por cumplir un sueño, terminaron con todos encerrados en bolsas de basura en una playa de Ecuador. A propósito de Susana Chavez, poeta mexicana, quién denunció los asesinatos sistemáticos de las mujeres en Juárez, e inicia la campaña en 1995, “Ni una Menos, Ni una muerta más”, y a pesar de su lucha, fue asesinada y violada por tres hombres de 17 años el 2011. A propósito de Lorenza Cayuhan, que dio a luz por cesárea engrillada. A propósito de todas las que sufren cualquier tipo de violencia en silencio. A propósito de ellas, de otras, de tantas, de todas, de mi.

BASTA.

El femicidio es la última etapa del machismo. Y se está volviendo cada vez más cruel y violento. Cualquiera que justifique el machismo, está, quiéralo a no, justificando actos de violencia que terminan en muerte. Pero es cierto que todos nosotros hemos sido criados y construidos como adultos con algún grado de machismo. Y ojo, con esto no me refiero a que una mujer por voluntad y opción personal decida quedarse en su casa, al cuidado de sus hijos. O el que quiera, te invite a comer o abra la puerta del auto. No. Eso no es machismo.

El machismo se refiere a entender a este mundo como binario, donde la mujer y el hombre ocupan roles diferentes, y que aquellos roles están fijos y determinados. Donde aquellas características asociadas a lo masculino, están ligadas a lo público, lo poderoso, lo dominante, en merma de las aquellas que llamamos femeninas. Esa construcción tiene, por cierto, una gran responsabilidad compartida. Los hombres y mujeres de hoy somos los llamados a hacernos cargo, para que las siguientes generaciones aprendan a mirar la sociedad de una manera más igualitaria, inclusiva y empática.

Las marchas por todo Latinoamérica,  las manifestaciones en redes sociales,  las fotos de perfil rosadas, en mi círculo cercano sé que han dado lugar al debate. Entre mujeres, por cierto,  con mayor fervor. Pero quiero compartir que dos hombres también me preguntaron, con la mayor sinceridad e ingenuidad del mundo, el si tanta movilización era solo por las muertes de los últimos días. Estuve a punto de enojarme, lo reconozco, pero entendí que ellos no nacieron mujer, y no tienen culpa por ello. No saben lo que se siente o lo que todas a fuerza de la experiencia hemos tenido que aprender. 

Como escuché hoy a Francisca Valenzuela, en Radio Cooperativa, la empatía es un músculo que se trabaja. Es necesario estar alerta, y por sobre todo, dispuesto a ver al mundo desde otros ojos. Se necesita hablar, leer, estudiar, pero sobre todo, sentir.Y tengo mucha fe que avanzamos. También es cierto, existen muchos neandertales por ahí (perdón a los neandertales por la comparación), y es posible que sigan existiendo. Pero debemos luchar, mujeres y hombres por ser cada vez más feministas. Así como el machismo se construye, el feminismo se educa.

Sin embargo, el feminismo tiene aún una carga muy negativa en algunos sectores. Pero no se tratar de luchas, ni de superioridad, ni de dominación. El feminismo se trata de todo lo contrario, de inclusión, igualdad y respeto. No buscamos más que lo que los hombres dan por sentado desde su nacimiento. El mismo derecho que tienen ellos a buscar su felicidad, a realizar las actividades que les gustan, a estudiar lo que nos motiva, a estar o no en pareja, a tener o no hijos,a viajar solas o acompañadas, a salir a caminar cuando la luz natural se haya ido. Sin ningún tipo de miedos.

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A modo de contribuir a construir dicha empatía, voy a aportar con algunas de mis propias experiencias. Podría bien ser las de sus hijas, sus madres, sus hermanas o sus parejas. Por supuestos no son todas. No puedo enumerar la cantidad de frases vulgares que me han dicho por la calle, en las discos o incluso en el trabajo. Tampoco enumeraré la cantidad de experiencias discriminatorias que he vivido en materia profesional, obviaré los susurros al oído, los gestos obscenos, los roces indiscretos . Me limitaré a  los acosos donde me sentí más vulnerada.

  1. A los 11 años aproximadamente, fui a pasear una tarde con mi perra por la calle donde vivía. Había una casa en construcción, medio abandonada, y mi perra entró, y yo la seguí. No tenía reja, ni ventanas, ni puertas, y mientra la buscaba, se aparece un hombre, de unos 30 años, de pésimo aspecto, y me dice “qué hace tan solita por acá” acercándose a mi. Pegué un grito y apareció mi perra, que por suerte le tiró unos buenos ladridos, mientras yo corría. Nunca supe si estaba viviendo ahí, si me siguió o que intenciones tendría. Pero por supuesto, no volví a salir con mi perra en muchos años.
  2. No recuerdo la edad exacta, pero fui a andar en bicicleta por la costanera de Viña a Reñaca. Al no existir ciclovía, iba por la calle. En un semáforo en rojo, un auto lleno de jóvenes, me gritaron un par de cosas, y antes de partir, me agarraron todo el trasero, muertos de la risa.
  3. El papá de una amigo, siempre me saludaba con demasiado afecto, me abrazaba un poco más tiempo de lo normal, lo que siempre me resultó incómodo. Hasta que un día cuando lo iba a saludar, de beso en la mejilla, como se usa en Chile, me corrió la cara y el beso me lo dio en los labios. A pesar de mi cara de molestia y sorpresa, seguía abrazándome y, soltando una gran risotada, me dijo “pero para qué se pone tan seria, si yo soy muy cariñoso”. Creo que todos los presentes se dieron cuenta. Nadie comentó nada. Mi incomodidad fue absoluta. Como ya tenía 20 años, le dije que jamás lo volviera a repetir, que besos en la boca solo le daba a mi pololo. Por supuesto, de ahí en adelante, hice lo posible por no volver a visitar la casa de mi amigo.
  4. A los 26,  recién casada y de luna de miel, iba con mi marido en el metro del DF en México, y me llamó la atención que un vagón decía “solo mujeres y niños”. Como iba acompañada, nos metimos en otro para todos. A los pocos minutos, una vez cerradas las puertas, y el carro lleno, entendí el porqué. Llevaba un vestido que me llegaba a la rodilla. Comencé a sentir no una, sino varias manos que me tocaban por debajo de la falda tocándome por todas partes. Grité, salté y, por supuesto, todos a mi alrededor miraban hacia el techo y nos bajamos apenas pudimos. Mi sensación de asco y vulnerabilidad fue absoluta. Me sentí sucia. Yo no había hecho nada más que subirme al metro.

Estas acciones por supuesto, no se comparan con las acciones enfermas que sufren y han sufrido a diario muchas mujeres. Pero son un punto de partida.  Los hombre son hombres, y al parecer muchas de estas acciones se han justificado históricamente por su condición de tal. Pero, los hombres, al igual que las mujeres, tienen inteligencia y voluntad, por lo que también son capaces de controlar sus impulsos. Si no pueden, tienen una enfermedad. Así de simple. Aprendamos todos, que estos actos no tienen justificación, no tienen nada de chistoso y lo único que se necesita es educación para que no se sigan repitiendo.

Las mujeres no somos un objeto, no somos propiedad de nadie, es por esto que no se nos puede poseer. Sin embargo, es un derecho que muchos hombres creen tener. Y de algo si que las feministas estamos todas seguras. Es el único derecho que no queremos conquistar.

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Un comentario sobre “Ni una menos

    Xosefa escribió:
    octubre 20, 2016 en 8:41 pm

    Totalmrnte de acuerdo. Muy bien expresado!

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