Mes: octubre 2018

La Pasionaria: Ana González

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Faltaba menos de una semana para que naciera. Al menos yo, figuraba tranquila en el vientre de mi mamá, primeriza, quien me dio a luz -no sin pelea- un  5 de mayo de 1976. En mi historia personal, el año 76 es mi año de nacimiento, el año del dragón de fuego y que mis hijos y marido conocen como el Everton campeón. Circunstancias que parecen las historias que a uno le cuentan cuando ni siquiera tiene noción sobre qué significa existir.

Una semana antes, una mujer como cualquiera de nosotras, escuchó llantos desde la calle. Pensó que era un niño perdido y salió a ver si podía ayudar. Era su nieto. Lo encontró desorientado y le  dijo, en palabras de niño, que alguien se había llevado a su mamá (embarazada), papá y tío. Su esposo, desesperado, sale a primera hora el día después para averiguar qué pasó. Así como ellos, nunca más regresó. Ana, nunca más escuchó sus voces, los miró a los ojos ni los acarició. Nunca más supo ni siquiera donde estaban.

De estas historias  nunca supe cuando era niña (y dudo que fuera la única, no había prensa libre). De adolescente y con más libertad, comencé a leer. Somos muchos los que quedamos atrapados en una generación que vivió esta fractura sin entender la dicotomía de un país que salía de la pobreza donde se moría de hambre, pero a un costo que será imposible jamás de dimensionar. Porque no es comparable. porque la historia y los datos nunca pueden medirse desde una sola vara.

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Identidad

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“Qué haré con mi castillo de fantasmas,
las estrellas fugaces que me cercan
mientras el sol deslumbra
y no puedo mirar más que su disco
—redondo y amarillo—
la estela de su oro lamiéndome las manos,
surcándome las noches,
desviviéndome,
haciéndome desastres…
Me entregaré a los huracanes
para pasar de lejos por esa luz ardiendo.
Estoy muriéndome de frío.”(Gioconda Belli, fragmento del poema Nostalgia)

 

El tiempo a veces se diluye cuando se pierde la capacidad de diferenciar un día de otro. Este tiempo me ha pasado un poco eso.
No logro saber bien que hice las últimas semanas, ni incluso recordar cuando fue el último momento de soledad.

Creo que he contado cómo aprecio ese cuarto propio -como diría Virginia. Mi problema es que ese cuarto no existe físicamente, pero debo arreglármelas para construirlo en mi interior.Hoy está medio abandonado y le falta aire fresco. Adentro, se encuentra todo con el desorden propio de quien ha olvidado que existe. Lleno de cosas, pero cubiertas por una capa de polvo que solo demuestra que nadie les ha prestado atención hace mucho.

Muchas veces me he preocupado y he intentado abrir esa puerta y revisarlo, pero siempre alguien llama, alguien necesita algo o la rutina  -pésima amiga y consejera- me duerme la voluntad y el corazón.

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