La Pasionaria: Ana González

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Faltaba menos de una semana para que naciera. Al menos yo, figuraba tranquila en el vientre de mi mamá, primeriza, quien me dio a luz -no sin pelea- un  5 de mayo de 1976. En mi historia personal, el año 76 es mi año de nacimiento, el año del dragón de fuego y que mis hijos y marido conocen como el Everton campeón. Circunstancias que parecen las historias que a uno le cuentan cuando ni siquiera tiene noción sobre qué significa existir.

Una semana antes, una mujer como cualquiera de nosotras, escuchó llantos desde la calle. Pensó que era un niño perdido y salió a ver si podía ayudar. Era su nieto. Lo encontró desorientado y le  dijo, en palabras de niño, que alguien se había llevado a su mamá (embarazada), papá y tío. Su esposo, desesperado, sale a primera hora el día después para averiguar qué pasó. Así como ellos, nunca más regresó. Ana, nunca más escuchó sus voces, los miró a los ojos ni los acarició. Nunca más supo ni siquiera donde estaban.

De estas historias  nunca supe cuando era niña (y dudo que fuera la única, no había prensa libre). De adolescente y con más libertad, comencé a leer. Somos muchos los que quedamos atrapados en una generación que vivió esta fractura sin entender la dicotomía de un país que salía de la pobreza donde se moría de hambre, pero a un costo que será imposible jamás de dimensionar. Porque no es comparable. porque la historia y los datos nunca pueden medirse desde una sola vara.

Ana luchó, por verdad y justicia, pero jamás por venganza, como muchas veces lo declaró. Ana luchó por los que seguimos vivos y por saber la verdad. No es difícil de empatizar con su dolor.

Ella habló, gritó, peleó, para que nunca se repitan hechos como estos. Donde el diálogo y la verdad sean el método y no la violencia. Y los que hoy, que no lo vivimos, no lo repitamos, y no se nos olvide que seamos capaces de construir más allá de lo que podemos entender como nuestra “verdad” que puede ser muy distinta del otro.

Mi admiración profunda, por llegar a los 93 años con tamaña fortaleza. Hoy te doy un humilde tributo, es más que seguro que en mucho opinaríamos distinto. Sin embargo, eres un ejemplo de rescilencia y tozudez. A tu modo, pitipiri.

¿Cuál es el miedo a escucharnos? Cuando lo único que podría pasar es enriquecernos del que opina distinto. No lo vivimos, pero tenemos el deber de no volver a repetirlo.

“La felicidad es la alegría de vivir, y que haya dónde dormir, dónde anidarse en una casita, tener hijos, que los hijos se eduquen, que todos los jóvenes estudien, que los niños sean felices y que los viejos sean bien cuidados por todo lo que han hecho en su vida. Yo creo que es muy difícil ser feliz en las circunstancias en que estoy, porque ser feliz es no saber de la infelicidad, y algunos muy cercanos se han dedicado a hacerme la vida imposible. Pero hay sonrisa, porque lo que la dictadura quiso es que yo, como tantas, nos fuéramos a la casa a llorar y quedarnos muy tranquilas. Pero no lo lograron”.

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