derechos humanos

La Pasionaria: Ana González

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Faltaba menos de una semana para que naciera. Al menos yo, figuraba tranquila en el vientre de mi mamá, primeriza, quien me dio a luz -no sin pelea- un  5 de mayo de 1976. En mi historia personal, el año 76 es mi año de nacimiento, el año del dragón de fuego y que mis hijos y marido conocen como el Everton campeón. Circunstancias que parecen las historias que a uno le cuentan cuando ni siquiera tiene noción sobre qué significa existir.

Una semana antes, una mujer como cualquiera de nosotras, escuchó llantos desde la calle. Pensó que era un niño perdido y salió a ver si podía ayudar. Era su nieto. Lo encontró desorientado y le  dijo, en palabras de niño, que alguien se había llevado a su mamá (embarazada), papá y tío. Su esposo, desesperado, sale a primera hora el día después para averiguar qué pasó. Así como ellos, nunca más regresó. Ana, nunca más escuchó sus voces, los miró a los ojos ni los acarició. Nunca más supo ni siquiera donde estaban.

De estas historias  nunca supe cuando era niña (y dudo que fuera la única, no había prensa libre). De adolescente y con más libertad, comencé a leer. Somos muchos los que quedamos atrapados en una generación que vivió esta fractura sin entender la dicotomía de un país que salía de la pobreza donde se moría de hambre, pero a un costo que será imposible jamás de dimensionar. Porque no es comparable. porque la historia y los datos nunca pueden medirse desde una sola vara.

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Eleanor Roosevelt: La MUJER tras la Primera Dama.

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El nombre de Eleanor Rossevelt me sonaba tanto (y tan poco) como el de muchas primeras damas estadounidenses: Jackie Keneddy, Michelle Obama o Nancy Reagan. Típicos modelos anquilosados y manoseados hasta el cansancio de housewife ideal gringa, de las que nos preocupa más analizar su look , su “charm” y su “china”, que detenernos en sus proyectos o dichos. Solo Hillary Clinton a mis 38 años logró imponerse en mi pensamiento mágico como una mujer con ideas propias y un enorme potencial político. Sin embargo, se puede adivinar, sin miedo a equivocarse, la gran relevancia que pueden tener en los acontecimientos mundiales, desconociéndose, eso sí, la cuantía de éste.

Sin duda, “Las mujeres somos las grandes olvidadas de la historia” afirma dolorosamente Elena Poniatowska, que ha trabajado incansablemente para descubrir a aquellas heroínas anónimas, desconocidas, marginadas de las páginas de la historia que han participado en la génesis de las grandes transformaciones de la humanidad. Lamentablemente, la historia que conocemos, que nos enseñan desde la infancia ha sido construida bajo una única visión, la historia de la humanidad es una historia sesgada, contada en masculino. Es tarea de tod@s investigar e intentar reconstruirla.

Hace unos días, vi en H2, la señal alternativa de History Channel, un programa llamado “Diez cosas que no sabías” (se los recomiendo a los amantes de la historia). En este caso, los elegidos fueron los Roosevelt y abrió mi apetito y mi curiosidad acerca de la vida de la primera de ellas que se puso un micrófono enfrente y dio un mensaje a su país a: Eleanor Roosvelt.

Nacida el 11 de octubre de 1884 en la ciudad de Nueva York, casada con su primo (lejano) Franklin Delano Roosvelt. No fue la primera esposa de un Presidente, pero sin duda fue una pionera en la esfera política. Es considerada una de las mujeres con mayor influencia en el siglo XX. Pero para nosotros, aquí tan al oeste del charco y tan abajo de la línea de la línea del Ecuador, poco conocida es la gran vida que llevó este personaje a ser merecedora de dicho título.

Detrás de una faceta, en apariencia tradicional, se encuentra una mujer liberal, con una vida excepcional, que trabajó, luchó y construyó los cimientos de muchos de los derechos de género y humanos por los que aún existe un espacio de reivindicación. Muchas veces oponiéndose incluso a las decisiones de su marido.

Era hija de Elliott Roosevelt y Anna Hall Roosevelt, quien llamaba a su hija cariñosamente “abuelita” por sus maneras de actuar un tanto anticuadas. Eleanor, era la sobrina favorita del presidente de los Estados Unidos al inicio del siglo XX, Theodore Roosevelt. No era una mujer de gran belleza, muy alta y delgada, con aspecto deslavado, no tuvo una infancia fácil. A los 5 años debió lidiar con la muerte de su madre, su hermano y su padre en un lapso de solo tres años. Fue enviada por su abuela a un internado en Londres, del cual volvería a los 17 años e iniciaría una relación secreta con un primo lejano de su padre, Franklin Delano Roosevelt, compromiso al cual se opondría firmemente su futura suegra. A pesar de esto, se casaron en 1905 y tuvieron 6 hijos.

Su matrimonio, sin embargo, sufrió grandes baches. Cuando su marido ya era senador por el estado de Nueva York, Eleanor descubrió que la engañaba con su secretaria (la de ella!), Lucy Mercer. La familia de Franklin amenazó con desheredarlo si se divorciaba, pero Eleanor puso sus condiciones para evitar el escándalo: de ahí en adelante dormirían en cuartos separados y no podría volver a ver a su amante. Leer el resto de esta entrada »