Educación

¿Cuándo fue tu primera vez?

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gafas

Es una pregunta que me viene dando vueltas desde que me la hicieron hace unos días.

No, no es lo que creen.

La pregunta es otra. ¿Cuándo te sentiste por primera vez feminista?

(Voy a hacer un a reflexión personal aquí). Se dan cuenta que el vocablo “feminista” está en femenino, y se puede hablar de hombres, mujeres o trans “feministas”. Ahí es donde me patea la “e”, a pesar de que tengo miles de ganas de usarla, y cuando puedo lo hago, uno debería hablar, si es apegado a la demanda lingüística, de feministes.  Lo siento hermanas, es feminista. Instauremos la @ porque así como tod@ es indefinido.

Siendo sincera, no tengo la claridad para decir cuándo sentí que era feminista. Ésa es la pregunta sobre tu primera vez que llama el título. La respuesta personal es que creo que lo era antes de pensarlo o incluso saber lo que significaba. Pero a la larga, o corta, es ponerse una gafas violetas. Desde el minuto que lo haces comienzas a ver y entender el mundo de manera diferente.

 

¿Cuándo fue la de ustedes? ¿o qué esperan para declararse? o simplemente odian el término?

Quizás nunca tuve una razón específica por la cual luchar contra el patriarcado (me imagino le pasa lo mismo a la gran mayoría de los hombres), porque mi opinión no luchaba contra nadie para imponerse. Mi realidad -económica, educacional y social- es muy distinta a la gran mayoría de las mujeres en el mundo. Muy probablemente por sobre el 90%-lo que me hace una élite- pero me ayudó, apenas supe, a sacar la voz no solo por mi, por ellas también.

Éramos todas mujeres. En el colegio. Con mi hermana. En mi familia. Solo tenía abuelas  inmigrantes vivas, que tenían tremendo carácter e independencia y mantenían mi herencia emocional viva. Mi mamá, trabajaba a la par de mi padre, en el mismo negocio, tomando roles diferentes, pero donde la opinión final de qué se vendía pasaba por ella.

Pero, si escarbo, recuerdo dos cosas: en tercero medio, fui a buscar unas pruebas a la oficina de mi profesora de bachillerato de inglés. Eran en roneo y el olor a tinta era característico de pruebas importantes.

Sin embargo, eso no fue lo que me llamó la atención. En la pared había un cuadro que titulaba “La Nueva Evolución”  (renombrando a Darwin) e iba desde la huella del mono al neanderthal hasta la pisada de un hombre descalzo para llegar al taco de una mujer.

Ver y recordar esa imagen me empodera hoy. Nunca más la ví., la he googleado y no logro encontrar esa imagen que significó tanto para mi. Muchas  veces me he preguntado a qué rama del feminismo era afín esa profesora que me puso, sin saberlo, las gafas violetas. Era del tipo de profesoras que nos hacían debatir el papel de la mujer de una teleserie de moda -“Machos” en este caso- en publicidad y medios de comunicación, incluso en el Festival de la ciudad donde vivíamos, Viña del Mar, donde la animadora era y sigue siendo un maniquí que vestir.

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Blanca Wiethüchter: desde un lienzo en blanco

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“La intención de la escritura también es dar testimonio. De alguna manera la intención primera en mi poesía siempre fue dar testimonio de mi aventura de la vida. Yo creo que la literatura ayuda a vivir”.

Una de las mayores barreras que me he construido para escribir de forma pública, es quizá lo mismo que Blanca siente como principal motor: dar testimonio de la propia vida. Porque no creo en las palabras (al menos las que valen la pena) ajenas de la biografía de quién las emite. Cuando se logra distinguir las huellas  que va dejando una vida distinta a la propia, es como una invitación a experimentar el mundo con lentes y altura diferentes. Con una familia, una niñez, amores y desamores que moldearon a otro. Es entrar en otra intimidad, otra estructura y calzarse una falda o un pantalón que no te pertenecen.  Y jugar un poco a cómo se siente.

Cuando escribes, es cierto, tiene mucho de testimonio. El “dejar por escrito” algo que supere este paso por la tierra. ¿Tiene algo de ego? Mucho, pero me atrevería a decir que en la mayoría de los casos, del bueno (lo sé, aún soy un poco ingenua, espero no se me pase nunca). También tiene algo de trascendencia. La cultura, para bien o para mal y como contraparte de la naturaleza, es todo lo que construimos como sociedad y nos guste o no, formamos parte de ella. La cultura va ligada a nuestra existencia y cada artista ocupará las herramientas que le son propias para expresar quiénes son o cómo ven o quieren la vida. En el caso de Blanca creo que tiene que ver con su vocación docente. Abrir su vida a través de las letras fue una forma de enseñar. Porque gran parte de su vida la dedicó a la labor de educadora.

Blanca como su nombre, debió elegir en un momento de su vida comenzar a vivirla “como un lienzo en blanco”. Nació en La Paz en 1947 y durante sus primeros años, dado sus ancestros, solo conoció el idioma alemán. En los años 50 y 60, ya cuestionaba la rigidez y la distancia que se imponía entre profesor y alumno, después con sus lecturas de experiencias innovadoras de plena libertad en Inglaterra, sus conversaciones con Arturo Orías, su profesor de teatro del colegio Alemán y su lectura de poesía, pudo comprender ese su rechazo y fundar en él mismo su actitud educativa. Dejó de lado el alemán como lengua nativa e hizo suyo el castellano, para hablar desde la tierra que la vio nacer. Rompió su propia estructura y pudo dar testimonio desde una vereda que sintió propia y no una adquirida artificialmente. Es por esto que al explicar sus razones señala: “Mi mundo amoroso era el castellano”.

Creo que muchas veces tenemos la oportunidad, pero pocas la decisión para partir todo de cero.

Porque Blanca no solo hizo propio el idioma, sino que también el lugar que habita, rindiéndole homenaje: “Es evidente que todos los caminos en la poesía de Blanca Wiethüchter conducen a la ciudad. Canta el poeta el canto que la ciudad canta; sufre el sufrimiento que la ciudad sufre y se alegra con la alegría con que la ciudad se alegra. Contempla con dilatadas pupilas la contemplación de los altos muros que la ciudad contempla. Los muertos que en la ciudad respiran, son quienes le señalan los caminos, en la amplitud, en el espacio. Luego el silencio y el olvido, y la lluvia; el dolor y el amor, el encanto y la muerte, el ruido y los habitantes, y el viento, en la ciudad se reencuentran”.

Esta mujer, de apellido difícil de pronunciar para quienes no tenemos conocimientos teutónicos, es una de las escritoras y poetizas bolivianas más relevantes del último siglo. Estudió literatura en la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz, donde después ejerció la docencia y fue directora. Se graduó en Ciencias de la Educación en la Universidad de La Sorbona, en París, y en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de París. Se casó con el compositor Alberto Villalpando, con quien tuvo 3 hijos. Su legado puede conocerse a través de tres esferas: su poesía- sus ensayos sobre arte: literatura, pintura y música- y la tercera, su acción educativa. Por lo que he leído en sus biografías es en esta última donde logró calar hondo en la vida de muchos jóvenes. Una de sus estudiantes resume su método así: Blanca mostraba, compartía y contagiaba, cuando se sentía como aquella niña que está muerta de miedo al ver al dragón y después de todo termina haciéndose amiga de él. Leer el resto de esta entrada »