fragmentos

La Mujer Rota: Simone de Beauvoir (fragmentos)

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La Mujer Rota estaba en la biblioteca de mis papás (creo que aún lo está), y un verano como por los 17, lo comencé a leer. Me pareció todo muy lejano, de vidas muy distintas a la mía y a la mujer que creía ser. 20 años después, la realidad es otra, y asombra la capacidad de la beauvoir allá por 1968, para  aprehender temáticas que aún son muy vigentes. Hoy volví revisar el libro, y quise compartir  algunos fragmentos.

En el  libro hay tres narraciones, independientes entre si y llenas de problemáticas universales, en que cuesta no encontrar más de alguna con cual sentirse identificada. Sin embargo, comparten mas de una cosa: la protagonista de las tres historias es siempre una mujer y la atmósfera de las tres historias, el telón de fondo de cada página, es la desolación, la angustia, los cuestionamientos, los auto reproches, la sensación abrumadora de que la vida paso rápido y paso por al lado.
Tres narraciones escritas magistralmente, con delicadeza y a la vez con furia: “La Edad de la Discreción”, “El Monólogo” y “La Mujer Rota”.

Una mujer que ha perdido a su hija de 17 años asesinada. Muchos años después caminando por Paris mantiene un agudo autoanálisis. Odia todo y a todos, todo le da asco, nada le parece que valga la pena. Sin embargo, es recién en este intrspección (que comparte con nosotros) cuando comienza a unir la muerte de su hija con su inconformidad con el mundo. Recién aquí comienza a darle espacio a la posibilidad de que “la inmundicia de la civilización” este unida a su desconsuelo de no poderse armar siendo mujer-madre, pero sin su hija. Sin embargo, acá no hay consuelo, no hay remedio. Es la historia de su vida, desde el día en que le quitaron a su hija hasta el día en que esta mujer muera.

Una mujer que ha perdido a su marido, luego de que este abandonara la casa junto a una mujer mas joven. Luego de años de vivir una cotidianidad aburrida, sin conversaciones, sin emociones, sin encuentros, el decide irse. Y entonces se encuentra ella, vacía en el mundo, su único interés en la vida había sido amar y su marido. ¿Que le quedaba entonces cuando ninguna de las dos cosas estaban?.

Una mujer que un día descubre que ya no es la misma, que su marido no es el mismo, que su matrimonio ya no es el mismo. Que ya no hay nada por conocer, por descubrir, que ya no existe la posibilidad de asombrase con nada del otro. Descubre con desespero que ambos dejaron que la vida, que los días, que los momentos les pasaran por el lado y simplemente se acostumbraron a todo. Y ahí, con esa certeza que la mata, surge la angustia de saber que no hay nada por hacer ya, o mas bien, que ella no es capaz de hacer nada ya.

les dejo los siguientes fragmentos del libro….

-¿Qué hacer cuando el mundo se ha descolorido? No queda más que matar el tiempo

– Ya sé. En mi juventud se me dijo tanto que estaba equivocada, y tener razón me costó tanto, que rechazo equivocarme.

– La perpetua juventud del mundo me corta el aliento. Cosas que amaba han desaparecido. Muchas otras me han sido dadas.

– Los libros me salvaron de la desesperación; eso me persuadió de que la cultura es el más alto de los valores, y no logro considerar esta convicción con mirada crítica.

– Conozco a esas jóvenes “a la moda”. Tienen una vaga profesión, pretenden cultivarse, hacer deportes, vestirse bien, mantener impecable su departamento, educar perfectamente a sus hijos, llevar una vida mundana, en una palabra, éxito en todos los planos. Y no tienen verdadero interés por nada. Me hiela la sangre.

– ¿Qué significa amar, para él, hoy día? Leer el resto de esta entrada »

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Virginia Woolf : The Waves ( fragmento poema en prosa)

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Las Olas (Traducción  por Lenka Franulic)

El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil
pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que
una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la
inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a
otra persiguiéndose en un ritmo sin fin.
Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba y se rompía arrojando
sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente,
suspirando como una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente. Poco a poco, la
franja oscura del horizonte se aclaró: se hubiera dicho un sedimento depositado en el fondo de una
vieja botella, dejando al cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo también se hizo translúcido,
cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido o cual si el brazo de una mujer tendida debajo del
horizonte hubiera alzado una lámpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el
cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alzó más alto su lámpara y el aire
pareció dividirse en fibras, desprenderse de la verde superficie en una palpitación ardiente de fibras
amarillas y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegría. Poco a poco las fibras se
fundieron en un solo fluido, en una sola incandescencia que levantó la pesada cobertura gris del cielo
transformándola en un millón de átomos de un azul tierno. La superficie del mar fue adquiriendo
gradualmente transparencia y yació ondulando y despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras
desaparecieron casi totalmente. El brazo que sostenía la lámpara se alzó todavía más, lentamente, se
alzó más y más alto, hasta que una inmensa llama se hizo visible: un arco de fuego ardió en el borde
del horizonte, y a su alrededor el mar ya no fue sino una sola extensión de oro. Leer el resto de esta entrada »