Literatura

Fragmentos del Desierto: Guadalupe Nettel

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El desierto es un extenso ejercicio de paciencia. Quien pretende cruzarlo debe adquirir el arte de la tolerancia. Difícilmente un viaje en el desierto es ajeno a la angustia y a la desesperación de sentirse perdido. A cambio, sin embargo, se nos ofrece una inagotable exhibición de belleza.

El paciente es aquel que resiste y soporta por un tiempo indeterminado una acción exterior sobre él. Adentrarse en el desierto implica convertirse en su paciente.

De lejos la caravana es una línea negra que se mueve; de cerca, toda una aldea; un pueblo lleno de gente afanada, olor a comida, llanto de niños, intrigas, amoríos secretos. Desde allí, todas las tierras son lejanas, también la nuestra, incluso aquella por donde la caravana va pasando.

La arena es el material con el que se mide el tiempo. El desierto es el reloj de todas las eras.

Es lo minúsculo lo que nos guía en el desierto. Los conductores de las caravanas reconocen la ruta en lo pequeño: un desnivel del suelo, una piedra habitada por serpientes, los sutiles cambios en el color de la arena, una brizna de hierba, son los signos que les permiten ubicarse. El viajero que pretende orientarse calculando las dimensiones que lo separan de su destino se pierde sin remedio.

Los pasos que damos sobre la arena caliente cansan diez veces más que sobre el pavimento. Sin un destino fijo, aseguran algunos, no vale la pena moverse. Pero ¿qué puede ser «un destino fijo» en el desierto? Leer el resto de esta entrada »

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Blanca Wiethüchter: desde un lienzo en blanco

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“La intención de la escritura también es dar testimonio. De alguna manera la intención primera en mi poesía siempre fue dar testimonio de mi aventura de la vida. Yo creo que la literatura ayuda a vivir”.

Una de las mayores barreras que me he construido para escribir de forma pública, es quizá lo mismo que Blanca siente como principal motor: dar testimonio de la propia vida. Porque no creo en las palabras (al menos las que valen la pena) ajenas de la biografía de quién las emite. Cuando se logra distinguir las huellas  que va dejando una vida distinta a la propia, es como una invitación a experimentar el mundo con lentes y altura diferentes. Con una familia, una niñez, amores y desamores que moldearon a otro. Es entrar en otra intimidad, otra estructura y calzarse una falda o un pantalón que no te pertenecen.  Y jugar un poco a cómo se siente.

Cuando escribes, es cierto, tiene mucho de testimonio. El “dejar por escrito” algo que supere este paso por la tierra. ¿Tiene algo de ego? Mucho, pero me atrevería a decir que en la mayoría de los casos, del bueno (lo sé, aún soy un poco ingenua, espero no se me pase nunca). También tiene algo de trascendencia. La cultura, para bien o para mal y como contraparte de la naturaleza, es todo lo que construimos como sociedad y nos guste o no, formamos parte de ella. La cultura va ligada a nuestra existencia y cada artista ocupará las herramientas que le son propias para expresar quiénes son o cómo ven o quieren la vida. En el caso de Blanca creo que tiene que ver con su vocación docente. Abrir su vida a través de las letras fue una forma de enseñar. Porque gran parte de su vida la dedicó a la labor de educadora.

Blanca como su nombre, debió elegir en un momento de su vida comenzar a vivirla “como un lienzo en blanco”. Nació en La Paz en 1947 y durante sus primeros años, dado sus ancestros, solo conoció el idioma alemán. En los años 50 y 60, ya cuestionaba la rigidez y la distancia que se imponía entre profesor y alumno, después con sus lecturas de experiencias innovadoras de plena libertad en Inglaterra, sus conversaciones con Arturo Orías, su profesor de teatro del colegio Alemán y su lectura de poesía, pudo comprender ese su rechazo y fundar en él mismo su actitud educativa. Dejó de lado el alemán como lengua nativa e hizo suyo el castellano, para hablar desde la tierra que la vio nacer. Rompió su propia estructura y pudo dar testimonio desde una vereda que sintió propia y no una adquirida artificialmente. Es por esto que al explicar sus razones señala: “Mi mundo amoroso era el castellano”.

Creo que muchas veces tenemos la oportunidad, pero pocas la decisión para partir todo de cero.

Porque Blanca no solo hizo propio el idioma, sino que también el lugar que habita, rindiéndole homenaje: “Es evidente que todos los caminos en la poesía de Blanca Wiethüchter conducen a la ciudad. Canta el poeta el canto que la ciudad canta; sufre el sufrimiento que la ciudad sufre y se alegra con la alegría con que la ciudad se alegra. Contempla con dilatadas pupilas la contemplación de los altos muros que la ciudad contempla. Los muertos que en la ciudad respiran, son quienes le señalan los caminos, en la amplitud, en el espacio. Luego el silencio y el olvido, y la lluvia; el dolor y el amor, el encanto y la muerte, el ruido y los habitantes, y el viento, en la ciudad se reencuentran”.

Esta mujer, de apellido difícil de pronunciar para quienes no tenemos conocimientos teutónicos, es una de las escritoras y poetizas bolivianas más relevantes del último siglo. Estudió literatura en la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz, donde después ejerció la docencia y fue directora. Se graduó en Ciencias de la Educación en la Universidad de La Sorbona, en París, y en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de París. Se casó con el compositor Alberto Villalpando, con quien tuvo 3 hijos. Su legado puede conocerse a través de tres esferas: su poesía- sus ensayos sobre arte: literatura, pintura y música- y la tercera, su acción educativa. Por lo que he leído en sus biografías es en esta última donde logró calar hondo en la vida de muchos jóvenes. Una de sus estudiantes resume su método así: Blanca mostraba, compartía y contagiaba, cuando se sentía como aquella niña que está muerta de miedo al ver al dragón y después de todo termina haciéndose amiga de él. Leer el resto de esta entrada »