Storni

La otra Amiga: Alfonsina Storni

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A propósito de la Feria del Libro en Madrid, hace unas semanas tuve la suerte de encontrar una librería mágica, metida en una de las pequeñas calles que rodea la Plaza Mayor. Su nombre Mujeres y compañía, para los amantes de la lectura femenina y feminista. Un paraíso, del cual me traje un tesoro: una recopilación poética de Alfonsina Storni “La Grandes Mujeres”, que mezcla sus poemas con ilustraciones de Antonia Santolaya.

Les dejo uno -de los tantos- poemas que me dejaron huella:

La Otra Amiga

Y la otra amiga me dice: – Las mujeres mentales
perdedoras salimos en negocios de amores
tenemos, ciertamente, muchos adoradores:
buscan pequeños sorbos en caídas vestales.

Su corazón lo ponen no en las espirituales,
que fatigan al cabo. Como cultivadores
adoran lo que crean: piensan que las mejores
son aquellas plegadas a sus modos carnales.

Las mujeres mentales somos las plataformas:
mejoramos los hombres y pulimos sus normas,
refinan en nosotras su instinto desatado

y cuando, ya cansadas de esperar, les pedimos
el corazón, en cambio del propio que le dimos
se lleva la que pasa lo que hemos adornado.

Alfonsina Storni: Suéñame que me hace falta

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Es de noche y se anuncia tormenta. Una mujer de 46 años que está hospedada en una pensión de Mar de Plata sufre de dolores terribles. La morfina ya no ayuda más. Debilitada por el dolor, llama a la asistenta del lugar y dicta una carta para su hijo Alejandro, de 26 años: “… Suéñame, que me hace falta. Te escribo tan sólo para que veas que te quiero”.
Ya en la madrugada del 25 de octubre de 1938, la mujer sale de su habitación. La tormenta ha comenzado. Quizás ya había escogido el lugar en días anteriores. Quizás nada más caminó y lo encontró. Los suicidas siempre tienen secretos que se llevan consigo. Lo cierto es que llegó hasta un espigón y desde allí se arrojó al mar.
En las primeras horas de la mañana, unos trabajadores ven flotar un cuerpo en la playa. Lo sacan del agua, lo llevan al hospital y reconocen a la muerta como la poeta Alfonsina Storni.
Tres años antes, en 1935, a Storni le fue detectado un cáncer mamario. Los doctores la operan y pierde el seno derecho. La amputación provoca un profundo trauma en Alfonsina. Se suma en una serie de depresiones y se aísla de sus amistades. Comienza una vida en solitario y su estado de ánimo empeora cuando al cabo de poco tiempo, se da cuenta que el mal se ha extendido y que no hay cura posible. La morfina alivia sus dolores físicos momentáneamente, pero no los del espíritu.
La vida de Alfonsina Storni nunca fue fácil. Los negocios de su padre Alfonso, alguna vez prósperos, se vienen abajo cuando ella es apenas una niña. Ella se ve obligada a trabajar desde los 11 años para ayudar en la economía de la familia. Él sufre fuertes depresiones y muere cuando Alfonsina tiene 14 años.

Alfonsina tuvo que dejar la escuela, pero en cuanto puede ingresa a la Escuela Normal para sacar un título de maestra. Debido a la pobreza, trabaja como celadora de la Escuela, pero también se dedica a otros oficios. Los fines de semana viaja a Rosario a cantar en un tabladillo, un género cercano al cabaret. Cuando se enteran en Coronda, el lugar donde estudia, sufre una humillación pública, la primera que habría de sufrir a lo largo de su vida por su forma de vida y por sus ideas.
Pero esa humillación le pesó demasiado. Se encerró en su cuarto durante varias horas y al no responder para ir a comer, entraron en la habitación. Ella no estaba, pero sí una nota que decía: “Después de lo ocurrido, no tengo ánimo para seguir viviendo. Alfonsina”. Los compañeros se asustan y salen a buscarla al Río Paraná, cercano a la Escuela. La encuentran y todo no pasa de un susto, pero seguramente la semilla del suicidio quedó metida en su cabeza desde entonces.
Ya graduada se trasladará a Rosario donde conocerá a Carlos Arguimbau, un hombre casado, 24 años mayor que ella, figura prominente de la ciudad y muy culto, que cautivaría a Alfonsina. Al saberse embarazada de él, ella decide viajar a Buenos Aires y asumir su condición de madre soltera.
Es 1912. Tiene poco dinero, está sola, y carga una maleta que más que ropa, está llena de sus versos y de libros de Rubén Darío. Se hospeda en una humilde pensión y ejecuta diversos trabajos para subsistir y mantener a su hijo que nace en abril. Trabaja como cajera en una farmacia y luego en un almacén. También hace labores de modista. Más adelante trabaja en una empresa importadora de aceite de oliva, en un cargo llamado “corresponsal psicológico” y que equivaldría a lo que hoy conocemos como marketing y publicidad. Aborrece su trabajo, pero lo necesita para sobrevivir. En los momentos en que puede, en esa misma oficina escribe un libro de versos llamado La inquietud del rosal, un libro que ella considera pésimo, pero que “escribí para no morir”. Leer el resto de esta entrada »